domingo, 27 de diciembre de 2009

Los Rodríguez


Érase una vez a mediados de 1982 cuando el Enrique Zarazúa volvió de su paso por Cuba trayendo unos discos. Se los llevaba para San Juan, pero en aquel fin de semana que se hospedó en nuestra casa de Flores yo aproveché para pegarles una escuchada. No a todos, porque sucedió que me quedé embrujado con dos de “Silvio Rodríguez”. Con el nombre desconocido del artista lo que me llamó poderosamente la atención fueron las tapas. Una era sobria, con la silueta del cantante y su guitarra grabados en aguafuerte sobre fondo blanco. Se llamaba “Días y Flores”, y “Como esperando abril” era la canción de apertura del Lado Uno. Me pareció que cantaba una mujer. Ya había superado esa confusión cuando pasé al siguiente hallazgo, cuya portada, por el contrario, era bien barroca, un jardín plagado de pétalos y figuras femeninas. Claro que era “Mujeres”. 
Estuve todo el santo fin de semana sentado frente al tocadiscos, con los auriculares puestos, escuchando una y otra vez aquellos temas y releyendo las letras que venían impresas en la contraportada. Finalmente el Enrique partió para la provincia llevándose el tesoro.
Aunque me recorrí todas las disquerías de la avenida Rivadavia no hubo caso. Prohibición mediante, todavía no se había editado nada en la Argentina, ni de él ni de otro trovador cubano del que me fui enterando en mi búsqueda, un tal “Pablo Milanés”.
Así pasó un buen tiempo hasta que la retirada del gobierno militar abrió entre otras puertas la de la salida del primer disco de Silvio en Argentina. Fue una especie de edición local de “Días y Flores”, con otra tapa, y titulado “Sueño con serpientes”. Al poco tiempo se lanzó también “Mujeres”, que a comparación del original tuvo un entrañable anque pedorrísimo diseño de cubierta.
En esas épocas yo me afilié al Partido Comunista, y en una de las actividades de solidaridad con la Revolución Sandinista que se realizó en el local de Callao, los allí presentes vimos y escuchamos extasiados un video del último Festival de Varadero en donde Silvio presentó dos de sus más recientes composiciones: “Canción urgente para Nicaragua” y “Unicornio”.
En 1984, ya célebres en toda Latinoamérica, Silvio y Pablo vinieron juntos a cantar a la Argentina. Fue una serie colosal, inacabable e inolvidable de conciertos en el Estadio Obras. Una noche, a la vuelta de un agasajo en la Embajada de la República Democrática Alemana, mis viejos trajeron dos entradas para el segundo concierto. En Buenos Aires andaba justo de visita mi tío Andrés, que a punto estaba de recibirse de médico en Córdoba, donde se había hecho fan de Silvio. Juntos fuimos a sentarnos en la fila 18. Las luces no se habían apagado, y así, en jeans y camisa a cuadros, como yendo de la cama al living, Silvio se apareció en el escenario.
Fui a otros tres recitales, a todos entrando con grupos de militantes colados tras el inicio de la función. Su música, y la de Pablo, la de Santiago Feliú y la de Buena Vista entre tantos otros han seguido acompañándome desde entonces. Muchas de sus canciones las hice mías, o de mi guitarra, y ya eran o fueron también de mis amigos. Lo tuve muy cerca una vez en una conferencia de prensa. En julio del 2001, de camino a Noruega, haciendo escala en La Habana, la querida Orya me regaló un libro celeste llamado “Canciones del mar”, en donde Silvio repasa brevemente la historia de sus inicios y de cómo en 1970 llegó a formar parte de la tripulación del “Playa Girón”, barco de la recién formada Flota Cubana de Pesca. El libro trae la letra y las partituras de todas las canciones, unas 100, que compuso en los meses de navegación hacia las islas del Cabo Verde.
Hoy, el diciembre en Quilmes es cuando menos tan caluroso como aquel febrero de 1992 en que un tour me llevó a descubrir con mis propios ojos la isla de Cuba. Llegué advertido de que recién empezaba el período especial. Una vendedora en una tienda me dio a entender que no estaban nada bien, y me dolió bastante. Entre daiquiris, una buena noche me hice amigo de los músicos que tocaban en “El Floridita” de Hemingway, donde canté algunos temitas de Charly y de Spinetta, antes de irnos a seguir la trova en la velada del Habana Libre. Los músicos nos acompañaron luego a mí y a mis compañeros de viaje hasta el Hotel Vedado, ahí a unas pocas cuadras. En la puerta les manguearon algunos dólares, pero no a mí. Volví a cantar por mi cuenta noches más tarde en la peña “La Piscuala”, de Pinar del Río, donde interpreté “Yolanda”, que es de Pablo, acompañado por unos veinte músicos del lugar. Y como esa hay miles de anécdotas más que unen mi vida y mi canción a las canciones de Silvio. Pero hay una que sobresale. Ocurrió en esa mi primera vez en Cuba. Esa noche, tras despedirme con abrazos de los trovadores del Floridita, mientras mis compañeros de tour se iban a dormir después de haberse desprendido de algunos dólares tan merecida e incuestionablemente ganados y mangueados por los colegas de la noche cubana, yo me fui al bar del hotel. Mientras el barman del Hotel Vedado me servía las latas de cerveza “Atuey” conque yo brindaba el haber cantado en La Habana, palabra va palabra viene, le conté que era un gran admirador de Silvio.

–Tu sabes –me dijo– que el papá de Silvio viene todos los días, después del mediodía, a beber un ron aquí.

A la siesta del día siguiente, a la vuelta del paseo por el Parque Lenin, y antes de partir hacia Pinar del Río, fui directamente al bar del Vedado. Me acomodé en la misma butaca de los tragos de la noche anterior. Era verdad. En la otra esquina de la barra, sentado bebiendo a solas, vi al padre de las facciones que yo reconocía. Era otro el barman, así que le pregunté. El tipo giró la cabeza hacia la otra esquina:

– Oye, ¿tú eres Rodríguez?

El señor, que desde su esquina había seguido mi entrada y mi pregunta, asintió con la cabeza y me invitó a acercarme.

Me dijo que la noche anterior lo había ido a esperar a su hijo al aeropuerto, que venía de grabar su último trabajo en la República Dominicana (“Silvio”). Charlamos un buen rato, y me dio el teléfono de su hija, María de los Ángeles, que era la mánager de Silvio, a quien le llamé y, naturalmente, me dijo que Silvio estaba muy cansado pero que me pusiera en contacto con ella en la inminente nueva gira por Argentina. Don Rodríguez insistió y me preguntó que hasta cuando me quedaba. Pero yo seguí con el plan de mi viaje, que terminó con mi grito de “¡¡¡Viva Cuba carajo!!!” al despegar de la isla, celebrado como por la hinchada de Boca en el avión. Después de todo, y sin querer, se me habían cumplido varios sueños.



viernes, 25 de diciembre de 2009

Bloque histórico


El Procurador General de los Estados Unidos, Eric Holder Jr., anunció días pasados que su gobierno impuso una multa de 536 millones de dólares al Credit Suisse Bank por realizar transacciones que violaron las leyes del bloqueo contra Cuba, “un país colaborador con el terrorismo”. La declaración precisa que, entre agosto del 2003 y diciembre del 2009, el banco realizó 32 transferencias electrónicas por más de 323.000 dólares. Holder Jr. consideró que “tanto en su alcance como en su complicidad, la conducta criminal perpetrada por el Credit Suisse, es asombrosa”.
No es la primera vez que un banco suizo aparece en un caso de represalia por violar las leyes del bloqueo, que prohíben transacciones financieras con la isla. En mayo del 2004, la Unión de Bancos Suizos (UBS) pagó una multa millonaria a Estados Unidos por permitir que países como Cuba, Irak, Libia y Yugoslavia (para entonces ya sólo integrada por Serbia y Montenegro) utilizaran un programa internacional de la Reserva Federal para la sustitución de billetes de dólares en mal estado.
Es útil repasar brevemente parte del currículum del actual Procurador General de los EEUU, Eric Holder Jr.:
Como que fue designado por el presidente Bill Clinton Vice Procurador General de la nación en 1997, mismo año en que la megaempresa bananera Chiquita Brands (propiedad de la petrolera Zapata, de la familia Bush) comenzó a financiar y apertrechar a las fuerzas paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia, como una avanzada del Plan Colombia que sería anunciado en 1999 por los presidentes Clinton y Pastrana. En el 2007, el Departamento de Justicia de los EEUU entabló juicio contra Chiquita por el financiamiento de los paramilitares colombianos. En el transcurso del juicio, Chiquita fue defendida por la firma legal Covington & Burling. El abogado elegido por la firma para defender a Chiquita fue Eric Holder Jr. Chiquita Brands reconoció que entre 1997 y 2004 sus principales cuadros directivos entregaron a las autodefensas colombianas 1,7 millones de dólares. El dinero fue girado en 100 cuotas por intermedio de las empresas Convivir Papagayo, creadas por el entonces gobernador de Antioquía, Álvaro Uribe. El paramilitar Raúl Hasbún, alias Comandante Pedro Ponte, que fue el representante legal de varias Convivir, ha confesado que también recibían dinero de la Coca Cola, y que él mismo dio la orden de asesinar a todas las personas “que olieran a guerrilla”. El documento de la Fiscalía reveló que la sanción original para Chiquita era de 79 millones de dólares, pero que ésta terminó reducida a 25 durante la negociación con Eric Holder Jr.
Haga Ud. amiga/o lector sus reflexiones al respecto.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Cuento contigo

(Para David, Horacio y Greg)

La noche es tormentosa
bajando las escaleras está la niña durmiendo
su espíritu es libre
por más de una hora estuve caminando en la lluvia
pensando en qué será ella
y en dónde estarán los héroes, dónde los sueños
que tuve cuando era joven
y esperando en vano al pensar
si ella podría cambiar algo
pero cuento contigo…

Cuento contigo para traer a tu mundo
esa dulce amabilidad y todo lo que haces
mi generación está perdiendo el camino
no sabemos qué te estamos dejando
pero debiera haber millones que sientan como vos
oh mi amor…

Hay tanto por saber
es tan lejos para ir
pero no estás sola
éste es tu mundo
y cuento contigo

Ven a mí, conmuéveme
dame tus ojos cuando ves los misterios del tiempo
aquí están aquellos que sólo viven en el pasado
que nunca dejaran a la historia mentir
y esta pequeña isla triste me está rompiendo el corazón
con su oscuridad de sombras verdes
y cuanto más duro lo intento no puedo ver por qué
debiera ser así…
cuento contigo

Hay tanto por saber
es tan lejos para ir
pero no estás sola
éste es tu mundo
y cuento contigo
cuento contigo

lunes, 21 de diciembre de 2009

Bye baby


La rubia representaba el mestizaje entre una onda bien clásica y la mordacidad de la picardía moderna. Dos características que también definen la belleza y el carácter de 8 Mile (2002) que la contó en su reparto y es –a mi entender–  una de las 10 mejores películas de la década que termina. Nos seguiremos encontrando con ella en esa y otras millas del camino. Haciendo dedo.




domingo, 20 de diciembre de 2009

Sol mata luna

(Para Adrián, el Carly, el Romi, el Pendy & Arnold)

Cassius Clay fue odiado más que Sonny Liston
algo así como KK Downing más que Glenn Tipton
algo como Jim Nabors, como Bobby Vinton
todos ellos me gustan

Pongo mis pies sobre la mesa de café
me quedo hasta tarde mirando el cable
me gustan las viejas películas con Clark Gable
como a mi viejo

Justo como hacía mi viejo cuando estaba en casa
quedándose despierto hasta tarde, quedándose despierto a solas
justo como hacía mi viejo cuando estaba pensativo
Oh, cuan rápido se vuelan los años

Conozco a una señora que manejaba una cafetería
trabajaba hasta tarde sirviendo a los policías
pero un día, baby, su corazón se detuvo
y el lugar no es el mismo, ya no más

El lugar ya no es el mismo, no
no sin mi amiga Eleanor
el lugar no es el mismo, ya no
chabón, cómo cambian las cosas

Enterré a mi primera víctima cuando tenía 19
me metí en su pieza y en los bolsillos de sus jeans
y encontré sus cartas que decían varias cosas
que realmente me hirieron mal

Nunca volví a susurrar su nombre
pero me gusta soñar con lo que pudo haber sido
nunca volví a oír sus llamadas
pero me gusta soñar

sábado, 19 de diciembre de 2009

Alguien olió muy mal en Dinamarca


Los representantes de todos los países del mundo llevaban varios días reunidos en Copenhague para la XV Conferencia de la ONU sobre Cambio Climático. A su manera acostumbrada, los poderes centrales de los países más ricos de la tierra intentaron por todos sus medios (legales e ilegales) relativizar las serias advertencias presentadas en los informes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (PICC), que establecieron que “el cambio climático es una realidad inequívoca y más allá de cualquier duda científica”. El jueves 17 se filtró un documento confidencial en donde los delegados de dichos países acordaban impulsar un recorte de emisiones de CO2 sustancialmente inferior (la mitad) al reclamado por los países más vulnerables a la catástrofe ecológica.
Durante las deliberaciones, miles de jóvenes pacifistas y ambientalistas daneses se manifestaron por las calles de su "København". Entre ellos se encontraban policías camuflados de civil asistidos por una red de inteligencia telefónica montada para vigilar activistas. Unos 260 chicos y chicas fueron capturados y apresados en las movilizaciones.
Al otro lado del Atlántico, Greenpeace se congregó en la Cámara de Comercio de Estados Unidos en Washington y desplegó una pancarta que semejaba una cinta policial amarilla de esas que vemos en las películas. Un miembro de la organización declaró: “¡Esta es la Unidad del Crimen Climático de Greenpeace! Declaramos a la Cámara de Comercio de Estados Unidos como una escena del crimen climático. La Cámara de Comercio de Estados Unidos y otros grupos de presión de las industrias contaminantes han tomado al planeta de rehén. Están debilitando los esfuerzos de Estados Unidos para detener el cambio climático que está fuera de control y, como consecuencia, los líderes mundiales no están llegando a un acuerdo en Copenhague. Exigimos que los grupos de presión de la industria se terminen y desistan de sus intentos”.
El viernes 18, el miserable presidente de los Estados Unidos, bochornosamente condecorado una semana atrás por el reino vecino de Noruega con un premio “por la paz”, no contento con haber mandado decenas de miles de soldados más a tierras árabes, se presentó en la reunión mundial con su ya reconocida caradurez para no decir nada más que formalidades mentirosas. Mientras tanto, en Atlanta y Miami, ciudades del país que preside, las lluvias tapaban el techo de los automóviles, y CNN informaba que desde el parador más alto de la Torre Eiffel podía verse a París convertida en una ciudad del polo norte, como en El día después de mañana

Bushama: El tiempo de hablar se ha acabado. No he venido a hablar, vengo a actuar.

Hamlet Chávez: …el Premio Nobel de la guerra dijo aquí mismo (por cierto huele a azufre aquí, huele a azufre, sigue oliendo a azufre en este mundo) que él vino a actuar. Bueno, demuéstrelo señor, no se vaya por la puerta de atrás, haga todo lo que tiene que hacer para que Estados Unidos se adhiera al Protocolo de Kyoto, y vamos a respetar Kyoto y a potenciar Kyoto, y a responderle al mundo de manera transparente.




Mural en Caracas

jueves, 17 de diciembre de 2009

Le Moulin de la Galette




“El Molino de la torta”, pintado por Van Gogh en 1886, cuando tenía 33 años. En esa época, su tracción a viento servía para molienda del trigo y la vendimia. Hoy es un cabaret, y aquellas aspas siguen coronando la colina más famosa de París, en Montmartre. El cuadro puede admirarse gratis en el sector impresionista del Museo Nacional de Bellas Artes, en Buenos Aires.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Caras




La cara rota de Berlusconi, diría que como de muchachito asustado y al borde de la lágrima luego que lo acaban de arrebatar de un reverendo piñazo, no me hizo reír. No me dio alegría verlo así, ni nada por el estilo. También creo que él y los suyos han de estar agradecidos de que sólo le aventaron un objeto contundente.
Pero Silvio no es un muchachito. Ni falta que hace resaltar qué, quién es. Lo que puede que sea indicado es:

1) Repasar la máxima de que al adversario se le combate primordialmente con las armas de la política, que son varias. La sumatoria efectiva de destrezas individuales y facultades colectivas para su buen uso, aumenta las probabilidades de hacer cumplir el deseo de evitar la violencia propiamente física con sus dolores y riesgos fatales.
2) Sostener y/o acelerar la ofensiva política contra el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en especial apuntando al Jefe, cosa de aprovechar al máximo los e/horrores que por su propia cuenta viene y sigue cometiendo.
3) Ponerse a analizar (en la intimidad y en conjunto) la escalada policíaca en los niveles de represión. Evaluar y afinar la respuesta a los mismos.

Cerrada la bronca que causó el Nobel a Bushama, atentos al sentido de lo dicho durante la entrega (“...es necesario que los países vayan a la guerra para proteger a sus ciudadanos”) no sería imprudente experimentar algún miedito.
Por lo pronto en lo personal yo me voy preparando anímicamente y supero el efímero pesar provocado por la carita da Ber-lus-coni. Llegado el caso, no habrá más solución política-militar que verla incluso muerta. Caso contrario esa cara será la nuestra o, aún peor, la de nuestros bienamados. En cualquier caso habrá que pasar a  reponerse pronto.


viernes, 11 de diciembre de 2009

Y justicia para todos

Éste regalo es para mis amigos abogados Pucho, Guille & Martín, Candal, Julio Arriete, Daniela Castro, Luis Reinaudi, Carina del Castillo:



(un AlPa 1979)

Regalos


Buena idea: dejar por aquí mis regalos de fin de año. Bendita suerte contar conque al cabo de diciembre el arbolito estará frondoso de canciones, poemas, quién sabe recuerdos y otros paquetillos.

El primero es para vos, Emi Festa:



Perdí veinte en veintinueve amistades
a causa de una piedra en mis manos
me embriagué muriendo veintinueve veces
estoy aprendiendo a vivir sin vos
ya que no me querés más…

Pasé 29 meses en un navío
y 29 días en prisión
y el 29, con la vuelta de Saturno
decidí comenzar a vivir

Y veintinueve ángeles me saludaron
y tuve veintinueve amigos otra vez

Guerrero del amor


Ok… me calmo. Después de todo es viernes, con sus altas y bajas el año está hecho y ya se acercan las fiestas, quizás el mar y la playa. Incluso confío en los miles y hasta millones de mujeres y hombres norteamericanos que algún día, como dice mi querido maestro Gabriel G. Márquez, “harán una revolución socialista grande, y buena, además”.
Cojo el guante de “una guerra por la paz”, ese enchastrado por las sangres árabes, japonesas, vietnamitas, coreanas, granadinas, cubanas y estadounidenses, y contrataco presentando aquí al Dúo Guardabarranco, nacido allá con el amanecer de la Revolución Nicaragüense.



Te cambio una canción por el coraje
de tus jóvenes manos combatientes
fundidas al metal conque nos salvas

Te cambio este amar la vida y sus promesas
por el frio de tus pies entre los suampos
fragua donde se te quema
el miedo y la nostalgia.

Autor anónimo de la alborada
venado silencioso en la montaña
guerrero del amor
hijo de este tiempo, remolino
hombre niño parido pues en plena selva
para llegar al fin a la victoria
para llegar al fin

Te cambio esos veinte años duplicados
a causa de esta guerra necesaria
por la carnosa flor de la esperanza

Autor anónimo de la alborada,
venado silencioso en la montaña
guerrero del amor
hijo de este tiempo, remolino
hombre niño parido pues en plena selva
para llegar al fin a la victoria
para llegar al fin

(suampos: pantanos)


Katia y Salvador Cardenal

jueves, 10 de diciembre de 2009

Negro de mierda y rubios soretes




Más de 6 mil personas marcharon en Oslo después de que el presidente Barack Obama aceptara el Premio Nobel pronunciando un discurso de justificación de la guerra. La consigna central de las manifestaciones fue comprometer a Obama a honrar su condecoración. Obama dijo que “la guerra es a veces necesaria, y la guerra es en cierto nivel expresión de los sentimientos humanos”.
Toda esta patética decisión, ceremonia, e inclusive demostraciones populares, dadas sus consignas lavadas mediante la “esperanza”, pone de manifiesto:

a) El uso del prestigioso Premio Nobel de la Paz para disfrazar ante la opinión pública internacional la línea de guerra conque los EEUU procuran adueñarse de las fuentes energéticas del Medio Oriente Asiático.

b) El apoyo tácito, no de los manifestantes pero sí del premio, a las maniobras norteamericanas para minar la legitimidad de los gobiernos latinoamericanos que se posicionan al margen de su supremacía.

c) La alineación del gobierno noruego en funciones con dicha política.

d) Las serias contradicciones entre la nobleza invaluable de los esfuerzos internacionalistas del movimiento pacifista y progresista noruego con el gobierno que le promueve y financia.

Autógrafo

Por si pasa "Mish" Mishíguene kop, de La Lectora Provisoria, aquí le dejo el autógrafo que me pidió.


miércoles, 9 de diciembre de 2009

Befrielse (Alivio)


Når Barack Obama kommer til Oslo for å motta Nobelkomiteens hyllest, vil gatene fylles av demonstranter som krever «change».
Cuando Barack Obama venga a Oslo para recibir el homenaje del Comité Nobel, las calles estarán llenas de manifestantes que exigen un «cambio».

(De “Klassekampen”, “Lucha de clases”
el diario de la izquierda noruega)

lunes, 7 de diciembre de 2009

Practicando mi noruego

Takk til alle norske venner mine for å svare meg hvis, kanske neste fredag, vi her i sør av tredje verden, vil can lese noe som: “ganske stor mobilisering i går i Oslo imot overrekkelsen av Nobel fredspris til mottakeren Barack Obama…”. En veldig feil og patetisk utvalg fra regjeringen* dine, ikke sant? (*ok, Den Norske Nobelkomite...)

Gracias a todos mis amigos noruegos por responderme si, quizás el próximo viernes, nosotros aquí al sur del tercer mundo, podremos leer algo como: “movilización bastante grande en Oslo contra la entrega del premio Nobel al favorecido Barack Obama…”. Una muy equivocada y patética elección de vuestro gobierno*, no es verdad? (*ok, El Comité Noruego del Nobel...)


Bushama, the peacemaker

viernes, 4 de diciembre de 2009

Culiada sobre ruedas

Ella es


Ella es quien pasa a ser mi preferida de estos tiempos, quitándole el cetro a la, para mi gusto actual, excesivamente dramática Kate Winslet. Susan Sarandon, 63 añitos, neoyorquina, de libra, que diera su salto al estrellato en la celebérrima The Rocky Horror Picture Show (1975). Anoche la vi junto a Ralph Fiennes en Bernard & Doris (2006), la cual por supuesto recomiendo.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Bushama


Hay 68.000 soldados norteamericanos en Afganistán.



El presidente de los Estados Unidos y premio Nobel de la Paz, Barack Obama, quien ha llamado a ésta “una guerra necesaria”, se encuentra presto a enviar un contingente de 34.000 soldados más. El U.S. Army estima que Afganistán requerirá de 600.000 efectivos.



Las demostraciones mundiales contra la invasión han sido elocuentes.





Según lo escrito el martes 1º de diciembre por Alexander Mooney para CNN/Washington (publicado en michaelmoore.com): “No es frecuente que el Comité Nacional Republicano llama a una conferencia de prensa durante la cual el Presidente Barack Obama es largamente elogiado”. Dan Senor, actual asesor de los EEUU en la ocupación de Irak, declaró durante dicha conferencia: “Si ustedes me hubieran dicho que en el primer año de su administración presidencial él duplicaría nuestra presencia en Afganistán, además sin reducir significativamente el número de tropas en Irak, y que despediría al Gral. McKiernan para reemplazarlo por el Gral. McChrystal… me hubiera costado creerlo. Estoy gratamente sorprendido”. Más guerra, más muertos, más próspero el negocio armamentista:
OBAMA ES EL TERCER GOBIERNO DE BUSH.



Elecciones 2011



miércoles, 2 de diciembre de 2009

Lo mejor y lo pior del cine 2009




A poco de concluir otra temporada bastante desértica en lo que a cinematografía se refiere, llega el momento de celebrar el amante ritual de elegir “Las diez mejores y la peor” del 2009. He visto poco. Repasando la lista de estrenos, apenas si llego a reconocer diez títulos. No creo haberme perdido de mucho. Ojala el futuro me contradiga. Durante el mes que queda puede que alcance a ver algunas como Up, una aventura de altura, y quién sabe para Navidad ya esté en condiciones de completar mi selección. Por lo pronto voy a elegir nomás seis. En cuanto a la más pésima no hay dudas, y Luna Nueva ya compite por ser la peor película que vi en mi vida, junto a candidatas como No te mueras sin decirme adónde vas, cuya condena perpetua por el crimen cometido una noche de junio de 1995 podría a estas alturas conmutarse en comparación a los harto más graves y recientes daños causados por Will Smith En busca de la felicidad.
A modo personal, me complaceré otorgando premios en otras categorías.

Las mejores

1) El luchador (Darren Aronofsky): la vuelta del titán Mickey Rourke a los primeros planos fue de por sí motivo de alegría. Llegó para pasearnos por el mundo verdadero que hace a la profesión de los ilusionistas como Karadagián, tan duro arriba como abajo, dentro y fuera del ring. Debió ganar el Oscar que le dieron al multimimado Sean Penn por hacer –indiscutiblemente muy bien– de puto. Viva el papel de una de las mejores y más lindas actrices como es Marisa Tomei.
2) Gran Torino (Clint Eastwood): sin palabras, puros aplausos de admiración y agradecimiento.
3) Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen): fina lección de amor y sexualidad, encantador el personaje de Javier Bardem, y primera vez que disfruto el trabajo de Penélope Cruz.
4) El curioso caso de Benjamin Button (David Fincher): confluencia afortunada entre el ingenio sencillo que da pié a la historia –obrado por el genio extraordinario del escritor Francis Scott Fitzgerald–, la conversión y cristalización cinematográfica de la misma, ahí donde la dirección logra sacar ese color que el tiempo deja en las hojas de los libros, y el protagonista, nombre sinónimo de la belleza masculina contemporánea y de grande actor.
5) Operación Valquiria (Bryan Singer): de trama más que interesante y con la presencia siempre eficaz y, sobre todo, entretenida de Tom “el number one” Cruise.
6) 30 días de noche (David Slade): los filmes de vampiros están entre los más usufructuados y maltratados por la industria. Si bien no alcanza a escapar completamente de ambos colmillos, este tiene un muy buen comienzo, un Carrefour entero de latas de sangre con niña vampiro incluida en el medio, y el final más triste y bello de los últimos tiempos.

Premio Gringo Heinze a la pior : Luna nueva (Chris Weitz): mierda, mierda, mierda, mierda, mierda, etc.

Decepciones: Che: Guerrilla (Steven Soderbergh), Enemigos públicos (Michael Mann) & Bastardos sin gloria (Quentin Tarantino)

Sorpresa: 30 días de noche (David Slade)

Actores favoritos del momento: Ralph Fiennes & Greg Kinnear

Escena favorita del momento: Ralph Fiennes yendo a buscar el arma en Perdidos en Brujas (Martin McDonagh)

Mejor actriz hasta ahora pero…: Kate Winslet

Guante de goma a la actriz más hermosa: Rachel Weisz

Mejor peli para agarrar empezada en el cable: 8 Mile (Curtis Hanson, y fuck free world!!!)

Mejor final con compilado de escenas fallidas: Mentiroso, mentiroso (Tom Shadyac)

Actor cada vez más reconocido como un capo: Jim Carrey

Actor y actriz no necesariamente malos e incluso buenos pero que ya cansan repitiéndose: Ashley Judd & Jack Black

Definitivamente insoportable peor actriz: Angelina Jolie

Actriz cada vez más pedorra: Nicole Kidman

martes, 1 de diciembre de 2009

Divulgación científica: El vino es bueno

Ayer lunes, de mañanita,
conversando por mensajería celular...

Adrián: Una época interesante me parece, más allá del muticualquierismo, no?
Juan: (Q resacón q atravieso…) Sí, muy.
Adrián: Te pasaste de los 6¼ lts. sin envase?



Me gusta el vino
porque el vino es bueno
pero cuando el agua brota pura y cristalina
de la madre tierra
más me gusta el vino

Me gusta el vino
porque el vino es tinto, ñor
y porque sale chorreando de la uva
porque tiene sabor a campo lindo
y a la negra buenamoza que me gusta

Me gusta el vino
porque el vino es bueno
porque lo saca el trabajo de la tierra
porque emborracha cuando uno está sereno
y porque alegra cuando uno tiene pena

Me gusta el vino
porque chicotea cuando uno anda de lacho
por ahí y no se anima
cuando canta en la rodaja de una espuela
o dibuja en pintitas
la enagua de una china

Me gusta el vino por eso
porque es vino
y porque está en el aro de la cueca
porque está en el descanso del camino
y en la mesa querida de mi vieja

Me gusta el vino
porque me hizo llorar no sé por donde
cuando salí a tomar una vez con los amigos
y traté de mostrar que ya era un hombre
cuando no se me secaba ni el ombligo, ñor

Me gusta el vino porque me hizo daño
cuando me tocó el olvido hace algún tiempo
y me lo pasé tomando me acuerdo casi un año
y no pude arrancármela de adentro

Me gusta el vino porque no fue vicio
más bien fue una lección bien aprendida
la vida nos exige sacrificios
y no puede andar tirando por ahí uno
la vida

Allá va la muerte me está esperando
allá va debajo de la enrramada
allá va debajo de la enrramada
allá va y esperando a que yo pase
allá va pa pegarme una agarrada
allá va la muerte me está esperando

Me gusta el vino porque estoy contento
porque puse otro cuento en la guitarra
porque puedo cantar con sentimiento
de las cosas y la gente de mi patria

Me gusta el vino al lao del asao
de las papas cocias la ensalá
al lao del ají y del pebre cuchareao
ese tan rico que hacía mi amada

Me gusta el vino el sábado en la tarde
y me gusta con harina el domingo en la mañana
y pa que no me deje feo mi compadre
me gusta el vino casi toda la semana

Allá va la muerte me está esperando
allá va debajo de la enrramada
allá va debajo de la enrramada

Mandamiento primero: tomar el día entero
Mandamiento segundo: tomar con todo el mundo
Mandamiento tercero: tomar como carretonero
Mandamiento cuarto: tomar harto
Mandamiento quinto: tomar blanco y tinto
Mandamiento sexto: tomarse el resto
(Mandamiento séptimo: ese queda de tarea
porque hace muchos años que no se encuentra rima)
Mandamiento octavo: tomar hasta quedar botao
Mandamiento noveno: tomarse el vaso lleno
Mandamiento décimo: tomar aunque esté pésimo

Estos diez mandamientos se resumen en dos:
“Curarse como guasca
y encomendarse a Dios”
porque la familia que toma unida
permanece unida

Allá va la muerte
me está esperando
allá va debajo
de la enrramada

Vaya un consejo en serio ahora
pal que quiera:
Hay que medirse pa tomar sin propasarse pues
yo por ejemplo de la guata hasta la pera
hago seis litros y cuarto
sin envase
y eso seria todo

Allá va y esperando a que yo pase
allá va pa pegarme una agarrada
allá va la muerte me está esperando






"Bacanal, el triunfo de Baco" (1650)
Jan Thomas van Yperen
Ypres, Bélgica 1617 - Viena, Austria 1678
Museo Nacional de Bellas Artes

sábado, 28 de noviembre de 2009

El amplio abrazo del uruguayo

Tras siete años refugiado al otro lado del Atlántico, en 1983 Alfredo Zitarrosa volvió al Río de la Plata. Primero hizo pié en Buenos Aires, tomando impulso antes del salto que pegó al año siguiente para plantarse de regreso en Montevideo.
El primero de los recitales que ofreció en esta orilla tuvo lugar a comienzos de julio en el estadio Obras Sanitarias. Las palabras de apertura fueron: “Queridos hermanos, queridos hermanos uruguayos, queridos hermanos argentinos, queridos hermanos quienes no sean uruguayos ni argentinos: La ausencia ha sido larga, el exilio es duro. Mi canción tiene una sola razón de ser y son ustedes, muchísimas gracias. Ojalá a partir de esta noche, ustedes me autoricen a seguir cantando en nombre de mi tierra”.
De inmediato, Emi Odeón sacó en discos y cassetes la grabación en vivo de aquellas noches memorables. A través de mis padres, “Zitarrosa en Argentina” cayó a mis oídos. Allí su canto se encontró tan a gusto que adquirió un tiempo compartido de por vida con las voces de Mercury, García, McCartney y otros admirables por el estilo.
A finales de aquel año, tres días después de la asunción de Alfonsín, un martes 13 de diciembre el Frente Amplio del Uruguay celebró el cumpleaños de Líber Seregni con un concierto en la cancha de Excursionistas. El mismo se anunció con la presencia de Mercedes Sosa, Alfredo Zitarrosa y Horacio Guarany.
Siendo que no eran gustos afines a mi barra de entonces, solito me trepé en el 55 hasta Barrancas de Belgrano. La cancha estaba a medio llenar. El campo adornado con banderas orientales y frenteamplistas, de los Sandinistas, del Farabundo Martí para la Liberación Nacional, del Partido y la Fede. Colgados del alambrado flameaban los estandartes consanguíneos de Cuba y Chile. Había un lindo sol aquella tarde. Apenas se escondió arrancó el show. Leídas las primeras adhesiones y saludos, de riguroso traje negro apareció Zitarrosa con sus guitarristas.
La anécdota que sigue bien vale un remate en su momento justo, razón por la que me adelanto a contar que Mercedes no pudo llegar a la cita, y que después de cerrar el telón de la velada, Guarany se retiró evitando con pésimos modales el cariño del público atraído hacia su rechoncha vanidad.
Para referirme a la actuación del yorugua apelo a la virtuosa metáfora descubierta en 1975 por el músico escocés Ian Anderson, flauta traversa y cantante de Jethro Tull, cuando en cierta entrevista promocional del LP “Minstrel in the gallery”, reflexionando acerca del precio de las entradas durante esa época cumbre del rock, y considerando que asistir a un concierto no podía costar más que algo esencial como una cena, expresó: “Nuestras entradas equivalen a una comida en el Ritz, y la gente que viene a vernos no va al Ritz. Seamos honestos, lo que nosotros ofrecemos es una buena hamburguesa. Mick Jagger ofrece dos”. Tomando en cuenta dicha escala, y sin olvidar que fue un show gratuito, lo que Zitarrosa ofreció en Excursionistas fue parrillada completa, con mollejas, chivito y canilla libre de Rutini.
Apenas terminó me mandé atrás del escenario. Entre la muchedumbre maravillada se fue abriendo la salida del cantor. Cuando lo ví, su rostro brillaba de alegría. Era como que sin tocarlo todos lo acariciaban, y como que él correspondía todos y cada uno de los cumplidos. Así, avanzando con la paciencia de un bote habituado a la densidad de arcilla del río Uruguay, Don Alfredo llegó hasta la margen mía. Con las agallas de mis 15 años me escabullí entre hombros y espaldas y quedé parado cabal enfrente de él. El tipo se detuvo, y se quedó mirándome con una sonrisa de oreja a oreja. Yo no debo haber sido más bajo que él, pero según recuerdo le extendí la mano como apuntando hacia el cielo. Zitarrosa abrió los brazos, y con un leve torcer de la cabeza engominada se me vino encima diciendo: “Me extraña amigazo…”.


domingo, 22 de noviembre de 2009

Cine Palma é Vampiros


¿Cómo se explica una película de amor entre dieciochoañeros que no beben, no fuman, no cojen, que casi ni se besan? ¿Cuál es la gracia de unos vampiros que no muerden cogotes, que no temen a la luz solar o a los crucifijos, que no detestan el ajo, que no duermen en ataúdes ni mueren estaqueados en el corazón? ¿En dónde se ha visto una de hombres lobos, y que además se llame Luna Nueva, en donde no haya una sola imagen del satélite?
Semejantes ingredientes no pueden resultar en otro menú que no sea el aburrimiento más total, o como bien dice un crítico del Tomatómetro: “El asesino número uno de la película son sus 2 horas 10 minutos de duración y la repetición continuada del argumento”. Por argumento se refiere a: la chica extraña los labios pintados del muchacho vampiro y se consuela histeriqueando a los abdominales del muchacho lobo.
La razón matriz de un plato tan insípido es que la autora de la saga, Stephenie Meyer, pertenece a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, más conocida como Iglesia Mormona, cuya doctrina considera que “nuestro Padre Celestial se deleita en la castidad” y predica “la sumisión a los reyes, presidentes, gobernadores y magistrados, la obediencia, honra y manutención de la ley”. Por ello, dada la bola formada en torno a sus fanatismos y récords de taquilla –y aunque suene paranoico– hay que ubicar al film como parte premeditada de la vanguardia ideológica conque la derecha norteamericana y mundial busca abrirse camino para recuperar terreno simbólico y político imponiendo una nueva restauración conservadora. El blanco del contrataque se ubica en la silueta del futuro próximo, es decir, los teenagers de hoy.
Para no quedarnos en la mera especulación política y chusmear sobre la calidad formal de sus contenidos, veamos lo que escribió Rodrigo Fresán y dijo Stephen King, quienes leyeron dos de los 29 millones de libros que Stephenie lleva vendidos sólo en el 2009, que le significaron 35 millones de euros equivalentes al puesto 26 de los famosos mejor remunerados del año: “Meyer –hay que decirlo, lo afirmó no hace mucho Stephen King causando un cierto revuelo– es una pésima escritora. Alguien que parece haber aprendido nuestro idioma siguiendo un poco riguroso curso por correspondencia”. Lo que King le dijo a USA Today fue que “ambas Rowling y Meyer están hablándole a un público joven; la real diferencia es que J.K.Rowling es una tremenda escritora y Meyer no puede escribir nada que valga la pena”.
Otra causa más general, pero no accidentalmente relacionada con la producción de este bodrio, debe rastrearse en las marcas que sobre la cinematografía contemporánea han dejado los colmillos finiseculares del esnobismo, esa poderosa gravedad que atrae a cierta gente hacia ciertas modas, ciertos autores, opiniones, usos lingüísticos, a la batucada. Por más que los líderes del primer mundo y la Ciudad de Buenos Aires celebren como gran hito de la humanidad la caída de una medianera alemana (la que, por cierto, tenía unos lindos murales) lo que más que nada se vino abajo con el dominó de los ‘80/‘90 fue la entrada al mercado laboral de las nuevas generaciones, los salarios, el prestigio de las ideas emancipadoras, la capa de ozono que permitió a un anticomunista casado con una activista antirock, ex vicepresidente del país más contaminante del planeta, ganar el Premio Nóbel de la Paz. Debacle que combinada con un fenómeno en sí mismo positivo como fue la híper masificación del modo de consumo individual que trajeron las tecnologías magnéticas y digitales, produjo un incremento exponencial de las escuelas y matrículas estudiantiles del séptimo arte. La infinita mayoría de los talentos y sueños que allí se educaron fueron molidos en las picadoras blockbuster de la industria, en tanto seguimos padeciendo las torturas infringidas por el genio de quienes triunfaron a merced de otras fuerzas y voluntades como la intervención divina de la mesmísima providencia que nos ayuda a esclarecer análogamente carreras tales como la del Gringo Heinze. No sería el caso de Chris Weitz, otrora director de la maravillosa Un gran chico, sino el caso de Chris Weitz, más acá hallado culpable de doble espectadoricidio por La brújula dorada y Luna nueva.
La salida de la Luna nueva costó 50 millones de dólares, de los cuales parece que la mitad se repartieron por igual entre los bolsillos adolescentes de la heroína, Kirsten Stewart, y su querido muerto vivo, Robert Pattison. No sé en qué se habrá invertido el resto, porque si contabilizamos los efectos especiales, aquí la gran guachada son unos perros a los que les pasaron el mouse, les dieron “Seleccionar todo”, “Zoom/Agrandar/Cortar/Pegar" y listo el pollo, digo, el lobizón. Es evidente que el poder de verosimilitud de lo efectos computarizados está retrasado respecto de la competencia receptiva de un público que vio La Guerra de las Galaxias hacen 30 años, Jurassic Park hacen 15 y Matrix hace ya una década.
Pero lo más exasperante de todo es la pendeja, la protagonista, siempre con esa hermosa cara de orto antes puesta en Hacia lo salvaje (la imbancable roadmovie “antisistema” de Sean Penn) Zhatura y la antecesora Crepúsculo, que siendo muy mala, sin embargo tenía uno que otro momento interesante, como cuando Edward la saca a pasear a Bella por entre las copas de las secuoyas, que sugiere a Súperman volando con Luisa sobre la noche de Metrópolis, o la escena del auto estrolado contra la granítica vampiridad del facha. Entre toda la basura que viene con la segunda entrega, hay también guiño a una obra maestra del subgénero como es Entrevista con el vampiro, y nos trasladamos a Italia para sufrir en la corte de una ilustre familia chupasangre, con la aparición de Dakota Fanning incluida en el tour.
Luna Nueva es el colmo de lo horrible, y el ingenio popular todavía no ha urdido los adjetivos, las puteadas necesarias para calificarla y desquitarse a gusto. Por fortuna la matemática admite el menos diez (–10).

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Evita problemas

Nachita: entiendo que el cualquierismo sea un atributo emblemático de nuestra vida patria, digno de una estampilla. Mas no por ello un atenuante en la responsabilidad de mandar cualquiera.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Noticiero izquierdista

Ayer recibí el correo informativo que mi agencia alternativa de noticias me provee semanalmente. Estos son sus titulares:

“Herir de muerte el ciclo natural del agua, el clima y los ecosistemas”
Golpes, desalojos, detenciones y procesamientos
Contra la represión y la tortura
En defensa del salario y de la banca pública
Buenos Aires: Puja redistributiva
“Quieren criminalizarnos para frenar las movilizaciones sociales en Brasil”
Represión “progresista” contra el pueblo mapuche
La responsabilidad de EEUU en la contaminación de Iraq con uranio empobrecido
“La bancarrota médica arruina todos los años a un millón de estadounidenses”


En el Página12 de hoy sábado 14, dice Pasquini Durán: “Nada se podrá resolver en materia de seguridad si toda la cooperación cívica consiste en repetir de manera incansable las malas noticias de cada día”.
Parafraseando pienso que: Nada se podrá resolver en materia revolucionaria si toda la cooperación del periodismo izquierdista consiste en repetir de manera incansable las malas noticias de cada día de capitalismo.

(Con respecto a la mensajería proglaciar y antiminera, denuncio que debido a su sobreabundancia e invariable carácter de URGENTE he resuelto dinamitarla y/o ahogarla en la papelera ni bien se asoma por Bandeja de Entrada)

sábado, 31 de octubre de 2009

Nosotros y los medios

Cara TV pública:

Siendo las 13.00 horas del sábado 31 de octubre, acabo de ver la emisión de “Madres de la plaza…”. Muy a tono con esta víspera de halloween, el programa fue horroroso.
Aunque es evidente que la rítmica televisiva de la conducción de Hebe necesita ajustarse, lo que más llamó la atención fue el deplorable manejo de cámaras y la pésima producción o selección de las imágenes que acompañaron sus comentarios.
Tomando en cuenta que el ciclo –si mal no leo en la web – cumplirá dos años en enero próximo, y que, seguramente, no debe ser en vivo, aspectos que agravan los defectos mencionados, pienso que es tiempo de replantearnos nuestra relación con los medios de comunicación y poner el énfasis en la cuestión de su buen uso.
En tal sentido, aprovecho para mencionar que el paso de el Bahiano por El Salvador dejó muy mucho que desear. En especial su reflexión final, cargada de un retardado espíritu de neutralidad política, a contramano, cuando menos, del repertorio mostrado por sus protagonistas, para no decir de la historia viva del país.
Leonardo Favio es tan excelente como cantante que como cineasta. Pero son excepciones (si no preguntarle a Madonna). Ser un rock star del reggae, valga el adjetivo, es envidiable. Ahora bien: ser además un bonvivant del turismo reportero, que recorre las calles de Latinoamérica al rescate de bagualas, todo con ese semblante circunspecto de los hermanos Pauls, es algo que a los mortales ya nos está dando bastante por los cojonudos ovarios. Asimismo los discursos de la Cristina, y sus deferencias para con los irritantes tarambanas del perimido “CQC”.
Salvedades a la vista, felicitaciones en general y en particular para el fútbol y “678”.
Juan Bautista Echegaray

PD: Besos para Hebe, y pedirle una vez más que nos de el gusto de verla sin el bendito pañuelo.

Happy Halloween (Yankilizados al mango)

martes, 27 de octubre de 2009

Una checa

De ser un viajero curtido hubiera llevado conmigo una guía turística, con sus mapas detallados y toda la información indispensable. Me hallaba en la punta de la península de Yucatán. ¿Cómo llegar entonces desde ahí hasta El Salvador dándome el gusto de asomarme por un país de habla inglesa? Los relojes de la terminal de ómnibus de Cancún daban las diez de la mañana. Sobre un planisferio multicolor que indicaba poco más que las capitales del mundo, marqué la línea que debía atravesar Belice.
Había partido de Buenos Aires hacía una semana. Cancún era la bisagra en la ruta de mi pasaje: Buenos Aires/Cancún/Habana/Cancún/Buenos Aires. De ida hacia Cuba aguanté allí cuatro horas de aeropuerto que habría olvidado por completo de no mediar el hecho de que estaba en México, y porque cuando el barman me preguntó si deseaba “chiles jalapeños” para debutar con los tacos, dije que sí. Nadando apeteciblemente en la vinagreta de su frasco parecían inofensivas lonjas de ají. Le zampó tres a cada taco. Aunque saqué fuerzas de adentro para no toser fue inevitable derramar algunas lágrimas, pero a lo macho me terminé el avispero hasta el último aguijón.
Los siete días en La Habana transitaron entre una casa de protocolo y el departamento que tiene la Mechi en los monoblocks del barrio La Timba, cerca de Plaza de la Revolución. Al son de mi vagar por las calles resquebrajadas del período especial giraba dentro del walkman el London conversation de John Martyn.
A la vuelta de Cuba arrancaba la aventura propiamente dicha, la de navegar Centroamérica por tierra. Con mi boleto hasta Chetumal –capital del Estado de Quintana Roo, en el límite con Belice– aquel lunes 1° de marzo de 1999 cumplí una vieja promesa y salí por la bonita vecindad a comprarme “una torta de jamón”.
Mi metro ochenta y cuatro no encontró manera de acomodar las piernas. Por compañera de asiento me tocó una canadiense que pronto se bajó en Tulum, no sin antes recomendarme la parada. Como a las seis de la tarde, bastante maltrecho por la catramina, llegué a destino, y nomás desembarcar me estaba aguardando la suerte. Mientras consultaba el cronograma de salidas se me acercó una señorita que, medio en español medio en inglés, me dio a entender que era la azafata de un bus que ya zarpaba para Belice City, llegando esa misma noche. Significaban otras seis horas de contorsionismo, pero qué conexión tan magistral para desperdiciarla.
Y empezó realmente bien ese cortísimo viaje. Entretanto unos farmers de piel gringa y sombreros de paja ocupaban sus lugares, el chofer subía el volumen del reggae beliceño. “Belice, allá voy” apunté entusiasmado en mi diario. A los veinte minutos un río dividía las fronteras. Con los sellos de salida de la patria del Chavo cruzamos el puente, pero la arisca suerte no. Se me quedó riendo desde la otra orilla. En la siguiente aduana un negrísimo guardián me comunicó que no podía pasar sin visa. Le expliqué lo que me habían dicho en la agencia de viajes: “But in my country they told me that I don´t need visa to come here”. “Yes –replicó señalándonos a ambos con el índice– but your country and my country are two different countries”.
Me tuve que devolver en taxi hasta Chetumal. A conseguir hotel primero, a merodear un rato después, y a consumar la noche empinando latas de cerveza en el cuarto, a puro onanismo inspirado por unas minúsculas revistitas picarescas que son muy populares entre los mexicanos. Cerrando una historieta, la voluptuosa caricatura en cuatro patas cedía con deleite a los rufianes, aullando: “Dense un quemón!!!”
Al día siguiente me dirigí al Consulado, desembolsé los 30 dólares de entrada a Belice, y reembarqué. Creo que esta vez no crucé el río solo. En el camino fui reconociendo que la arquitectura del paisaje era como la de esos pueblos del Mississipi que me eran familiares del cine. Me fascinó el cuerpo y la piel morena de una jugadora de hándbol que se sentó a mi lado. Estuve dispuesto a bajarme con ella en su páramo y no me guardé las intenciones. Lo gracioso del trayecto fue un personaje parecido a Samuel Jackson (el compañero de Travolta en Pulp Fiction) a quien de repente le dio por asustar al grito de “¡Booh!” a un pasajero que presumo lo observaba con insolencia.
Éramos cuatro los extranjeros en busca de cambio y sin saber dónde alojarnos al arribar a Belice City: una chica de la República Checa, otra alemana, su hijo y yo. Nos agrupamos, adquirimos dólares locales y resolvimos ir al mismo albergue de mala muerte. Como de todos modos no era barato, con la checa decidimos compartir habitación. Se llamaba Martina, como su famosa paisana Martina Navratilova. Escogidas las camas le cedí el primer turno de la ducha y salí a fumar al balcón. Desde la vereda otro afroamericano me ofreció mariguana. Mi audacia ignoraba las crónicas de homicidio que más tarde nos contaron los huéspedes veteranos de la posada. Me mandé al bar de enfrente, y por un verde billete de cinco dólares beliceños recibí envuelto en papel un verde puñado de césped recién podado. Eso sí, me rehusé a invitarle una cerveza. Era de noche cuando salí con las chicas y el muchachito hasta un restaurante que quedaba a media cuadra. Ya nos habían advertido del peligro.
Pedí pollo frito. Aunque torpe, no fue ruda la alemana cuando se declaró asombrada de mi pobre inglés, que más que humilde carecía de toda práctica. La checa le recordó que ella no hablaba español. Pronto el niño tuvo sueño y me ofrecí para escoltarlos a su pieza. De regreso en el restaurante accedí con mucho gusto a pagarle la cena a una lugareña que no andaba en buena racha. Suficientemente bebidos y charlados, bajo la luna del balcón a Martina y a mí no nos quedó más que besarnos. No era linda. Era mujer, era de otro país, era grandota, rubia, me aceptaba.
Por la mañana salimos a pasear los cuatro y desayunamos con vista al puerto de pescadores. Luego por mi cuenta me escurrí entre las fachadas de madera y las galerías coloniales al estilo de la Habana Vieja. La ciudad, ubicada en la desembocadura al Mar Caribe del río Belice, fue capital de la Honduras Británica hasta que en 1970 el centro político se mudó a Belmopan. El país ya había adoptado el nombre del río cuando en 1981 se independizó de Inglaterra, aunque sigue siendo miembro de esa extensa comunidad de naciones conocida como “Commonwealth”, con la reina Isabel II a la cabeza.
En algún recoveco de lo que en siglos pasados supo ser nido de piratas y corsarios, intercambié miradas poco amigables con el traficante de pasto, pero no pasó a mayores y continué sacando fotos de gente desconocida. Una de ellas no fue furtiva. Se la tomé a un joven rastafari que a la solicitud me regaló su rostro y su cabellera posando con una onda igual de inmensa y bella.
Caminando a solas consideré que ya era miércoles, que para cubrir las elecciones presidenciales de El Salvador tenía previamente que ubicar a mi contacto, que era preciso estar ahí antes del domingo. Llevaba un día de retraso, y aunque era feliz me sentí algo intranquilo. Una hora de avión separaba esa sensación de su contraria. Volar en una máquina de tiempo era la solución y no dudé en usar la tarjeta dorada con el relieve de mi nombre. Al final de la jornada me iría a dormir en San Salvador.
El resto del equipo llevaba el rumbo de Guatemala vía el paso de Melchor de Mencos. Los horarios y la dirección de nuestros respectivos muelles coincidían. Fui el primero en bajar del taxi de la despedida. Claro que en la intimidad de la siesta ya nos habíamos dicho adiós con la checa. Un par de veces.



viernes, 16 de octubre de 2009

Escandalizados


“–¿Acaso la tarea del departamento de policía es acosarme a mí cuando esta ciudad es la desvergonzada capital del vicio del mundo civilizado? –atronó Ignatius, por encima del gentío que había frente a los grandes almacenes–. Esta ciudad es famosa por sus jugadores, prostitutas, exhibicionistas, anticristos, alcohólicos, sodomitas, drogadictos, fetichistas, onanistas, pornógrafos, estafadores, mujerzuelas, por la gente que tira la basura a la calle, por sus lesbianas... gentes todas que viven en la impunidad mediante sobornos. Si tiene usted un momento, estoy dispuesto a discutir con usted el problema de la delincuencia; pero no cometa el error de fastidiarme a mi.”

(“La conjura de los necios”, de John Kennedy Toole)

martes, 13 de octubre de 2009

Fideleff


A Eduardo Fideleff lo conocí en alguna casa de Olivos el mismo domingo que atravesé un ventanal volando. Calculo que fue a mediados de los setenta, porque yo no tendría ni diez años. Mis padres y los Fideleff se habían conocido a través de la Gringa Lara, una amiga en común de la que no he vuelto a saber desde hace mucho
 
Entre las pocas imágenes que conservo del almuerzo están los grandes charlando, bebiendo y riendo en el comedor, ambientados por una luz de invierno que llegaba desde el patio trasero. Los niños jugábamos en la habitación calefaccionada que las hijas del matrimonio anfitrión tenían en la planta superior. Desde allí me veo bajando las escaleras a una velocidad infantil y encarando hacia la puerta corrediza que dividía la cocina del patio. Traicionado por mi astigmatismo, y con un envión extraordinario, me lancé hacia el aire libre como un pequeño superhéroe. El estallido del vidrio fue espectacular, y la conmoción del almuerzo tal como si un meteorito hubiera caído a escasos metros del asado.

Pese al estupor generalizado aterricé sin un rasguño, y de los momentos posteriores guardo el más tierno recuerdo de mi madre. Sentados en una cama del cuarto de las nenas, donde los menores habíamos estado chivateando hasta minutos antes, con el alivio taciturno que había sucedido al susto ella me acariciaba el pelo. Mientras, abajo recogían mortíferos pedazos de vidrio y se buscaba la manera de aplacar el espanto
 
Los fines de semana que íbamos de los Fideleff permanecen iluminados en la oscuridad del tiempo por un resplandor inconfundible de soles dominicales. Se mudaron varias veces, y con ellos su hospitalidad, los asados, las conversaciones sobre política, los rigurosos ejércitos de ajedrez apostados en el living. Como siempre vivieron en la provincia, para visitarlos hubo que tomar hasta tres colectivos, coger el tren, y en cierta época atravesar una larga cancha de fútbol al final del trayecto. Las medialunas más ricas que haya probado se compraban en una panadería cerca de la casa donde traspasé la ventana, sobre una ancha avenida del Gran Buenos Aires en cuyas vitrinas han quedado estampados el sabor crujiente del hojaldre y aquel brillo solar, todo envuelto por docenas en papel de confitería
 
Mi simpatía por Eduardo y su familia se mantuvo intacta durante los años en que los encuentros familiares se fueron haciendo más esporádicos y poderosas tormentas sacudían el barco de mi adolescencia. No es sino hasta el ingreso a la universidad que Fideleff vuelve a entrar en escena para convertirse en un personaje fundamental de mi vida
 
Con bombo y platillos, yo había anunciado mi decisión de entrar a la carrera de medicina, para lo cual debía aprobar primero el Ciclo Básico Común, u obstáculo “nivelador” que la reforma educativa de los radicales impuso a partir de 1986. El invento obedecía a la necesidad de contener las nuevas camadas estudiantiles, desamparadas por un presupuesto estatal saqueado para justificar y ampliar los negocios de la empresa privada hacia otros rubros, entre ellos la enseñanza
 
Uno de los trabajos obligatorios del CBC consistía en enfrentar una vez más a la dura y noble Química, que yo había derrotado sin problemas a mi paso por la escuela técnica. Pero en el cuadrilátero universitario la quimera me sorprendió con la guardia baja. O mejor dicho: desde los jardines de infantes, pasando de grado, subiendo de peso y altura hasta el sexto escalón de secundaria, yo había conquistado la bandera en todas las categorías, pero a los 18 años mi conducta educativa estaba agotada. Debí aprovechar el final de aquella mano para hacer una pausa en el juego y salir a estirar las piernas, cuestión de volver a la baraja del futuro con la suerte fresca. Pero entre los compañeros de un colegio de clase media baja argentina la pregunta de graduación no era precisamente “¿Adónde te pensás ir?”, sino “¿Qué vas a seguir?”. “Por el momento nada”, o “¡Música!”, responderé la próxima vez
 
Mas cometí el error de continuar sin mediar tregua en los laberintos de la educación nacional. Viéndome perdido en Creta, mi vieja agarró al toro por los cuernos y le llamó a Raquel Fideleff, esposa de Eduardo. Yo no sabía que nuestro viejo amigo era Licenciado en Química, ni que había sido jefe de laboratorios del famoso Sanatorio Güemes, o que a punto estuvo de asumir el decanato de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA justo antes de la dictadura. El tipo mandó a decir que encantado se ofrecía para colaborar en la fuga de mi dédalo atómico
 
Me pareció una idea excelente. Así fue como después de varios años y una hora en el colectivo 32, un sábado lluvioso por la tarde me bajé en Lanús Oeste y toqué por vez primera el timbre de la casa de la calle Zuloaga
 
Raquel me recibió y me hizo pasar directo al garage que a falta de auto se había convertido en estudio. En la penumbra de aquel interior pasado a libros y humos tabacales, por encima de unos anteojos de lectura reconocí el vistazo felino de los ojos de Eduardo. Centrada en aquella cordillera bibliográfica que revocaba los confines del estacionamiento hasta bien entrado el corazón del hogar, y al trono de una larga mesa de madera que obraba de escritorio, su abundante figura de melena y barbas blancas evocaba un Santa Claus de entrecasa, un Carlos Marx de las pampas dado a fumar con brío cigarrillos de marcas baratas: Derby, Belmont, Colt.

La situación económica de los Fideleff había desmejorado desde su renuncia al puesto del Güemes, presentada a lomos del frustrado proyecto de irse con todo y familia a trabajar a Mozambique. Sobre los escombros del estilo de vida anterior a la ilusión africana se levantó el garage escuela de la calle Zuloaga, donde Fideleff me dio la bienvenida en el equivalente francés de mi nombre,“Jean Baptiste”, como me llamaría siempre

 
*

Desde luego que entre las primeras memorias despertadas por el reencuentro no faltó la antigua travesura

–Al día siguiente –recordó– fui a la vidriería para reponer el ventanal. Al hacer mi pedido y comentar el incidente, el vendedor se mostró algo apenado por lo que dedujo había terminado en una tragedia. “No, mire, le aclaré yo, lo vengo a pagar con gusto. Al muchacho no le pasó absolutamente nada. Fue algo prodigioso”. Pero en fin, Jean Baptiste, veamos qué te trae por acá
 
Cuando le mostré el programa me paseó un poco por sus días de estudiante. Laburaba a la par de las aulas, y por cada tema se compraba un libro: “Tenés que estudiar de manera que al llegar al examen te sentás, prendés un pucho, y echando una mirada a la hoja decís por lo bajo: Pero qué pavada me está preguntando maestro...”
 
Seguí yendo semana a semana. Llegaba los sábados por la tarde, trabajábamos en el garage, cenábamos en la cocina y me quedaba a dormir en Lanús. Además de las milanesas con arroz blanco que preparaba Raquel, sus pizzas, la fascinante plática de Eduardo, me seducía también la compañía de la mayor de las hijas, Rebeca, con quien nos arrimábamos después que los demás se hubieran acostado
 
Un rasgo físico significativo del Fideleff de por entonces era su reducida movilidad. Apoyado en su bastón, el hombre se erguía y caminaba con suma dificultad desde que un accidente automovilístico le había destrozado las caderas. Debió ocurrir durante la época de distanciamiento con mis padres, y era en realidad el principal inconveniente que lo marginaba de los laboratorios, para beneficio del barrio. En la mesa de Zuloaga se prepararon desde niños perseguidos por las aritméticas elementales hasta bochos aspirantes al prestigioso Instituto Balseiro, un campus de excelencia ubicado en el sur argentino. Con Raquel trabajando de enfermera, las lecciones generaban el ingreso fundamental de la casa. Pero la presencia del profesor Eduardo fue ganando notoriedad y terminó dándole clase a medio vecindario. Desde temprano en la mañana hasta el umbral de la noche, la muchachada de Lanús Oeste iba y venía por Zuloaga estibando tareas, teoremas y ecuaciones. Eduardo los alivianaba con una grúa didáctica que no variaba de altura así se tratara de un pibe, un adolescente o un adulto. El cargamento era depositado sobre dársenas de papel, donde manipulado por una caligrafía numérica exquisita se lo descomponía y ordenaba con sus soluciones en las bodegas de la razón
 
Como gustaba describir a su amigo el Gordo Studenesky, Fideleff era también “un jugador de ajedrez empedernido”. Con la misma avidez ejercitada en los días de estudiante había coleccionado una tonelada de tratados sobre aperturas, medio juego, finales y lo que uno quisiera acerca de los grandes maestros. Al igual que tantos otros apasionados del juego se confesaba devoto total de Bobby Fischer, y por cierto que un alto admirador de Anatoly Karpov y la URSS. Gozaba imaginándose asimismo un feliz ciudadano ruso al cabo de un día cualquiera: “Volver a casa, tomar unos vodkas mientras se calienta la cena, reproducir una partida de ajedrez publicada en el Pravda. ¿Qué más se puede pedir?”. Yo apostaría que en ese preciso instante, con el alma agobiada por el frío soviético, un hombre apellidado “Fidelev” se fabulaba otra vida al otro lado del mundo
 
El cuatrimestre terminó y aprobé Química de taquito. En el próximo vencimos codo a codo la gravedad de la Física, y por mi cuenta estrangulé a las Ciencias del Conocimiento y la Política. Hacia el final del verano, Química Biológica era el único monstruo pendiente entre yo y el ingreso. Pero tras aquellas vacaciones en San Juan yo volví anclado a la mujer que a bordo de una alfombra mágica me condujo por su cuerpo al primer cielo, en otro gran salto a través del invisible. De vuelta en Buenos Aires, en pleno febrero, no podía concentrarme en nada que no fuera fraguar mi retorno a su bendito túnel
 
Sin embargo un domingo me presenté en Zuloaga y vacié mi mochila a lo largo de la mesa. Pasmado ante el kilaje y la frondosidad de las fotocopias, al enterarse de la fecha del test –a la mañana siguiente–, mi maestro particular pronunció en veredicto una frase certera y memorable: “Jean Baptiste…Vos estás totalmente loco. Totaaalmente loco. Necesitaríamos al menos un mes para ver esto”
 
Pasaron cinco minutos de silencio, con intervalos reservados para enfatizar esa resignación: “Totalmente loco...”. Acto seguido dejamos los apuntes a un lado, otro año de universidad, y nos pusimos a hablar de minas. “Qué se yo Jean, la mujer es otro animal”, sentenció apagando un rubio y echando prólogo a un secreto bien guardado
 
–En los días posteriores al accidente –contó– yo sufría unos dolores espantosos. El posoperatorio fue tan pero tan doloroso, que llegué hasta implorar a los doctores la administración de morfina. El efecto de la droga no sólo paralizaba el suplicio de manera instantánea, sino que me sumergía en una tempestad de sueños eróticos. En medio de esas desbocadas olas sexuales, yo naufragaba aferrado con todas mis fuerzas al cuerpo de una mujer real. Era una enfermera a quien había conocido años atrás en el sanatorio. Recobrado el conocimiento, su imagen seguía flotando sobre la resaca brumosa del calmante. Se me antojó verla. Raquel no lo sabe. Se la había presentado a mi amigo el Gordo Studenesky y habíamos salido los tres juntos en más de una ocasión. Al dejar de frecuentarnos experimenté cierto consuelo en la buena salud de mi pareja, pero no conseguí entender jamás la fórmula de su adiós. Cuando el Gordo me vino a ver al hospital le pedí por favor que la encontrara y la trajera. Pero Studenesky no logró ubicarla por ningún lado, y es el día de hoy que pienso en ella y la sigo cortejando entre los sueños que me quedan
 
Ya no volvimos a preparar materias. Al cabo de otros dos años malgastados en el empeño medicinal tuve un acierto y cambié la ciudad por el pueblo a orillas de los Andes donde nací. Y de donde volví a emigrar meses más tarde rumbo a Córdoba, endamado con la reina del lugar y planes de reanudar estudios superiores, ahora en periodismo y comunicación social. Por consiguiente las visitas a los Fideleff quedaron restringidas a mis escapadas a Buenos Aires, dos o a lo sumo tres veces al año. Si mis ganas de adentrarme en el conurbano bonaerense no eran las mejores, no dejaba de llamarlos. Él seguía apoltronado con sus alumnos y sus cigarros baratos. Si bien no alcancé a ponerla en práctica, tuve la idea de filmar un cortometraje donde él hiciera de Marx. Lo veía sentado en un banco de Plaza de Mayo, reflexionando con humor sobre la actualidad argentina, explicando la verdad de la economía política y discutiendo acerca del Diego. Cuando en Argentina se puso de moda pegarle mucho y feo a Maradona, él medio que también se prendió. Pues otra característica de Eduardo, a decir verdad la más indispensable, era su contextura natural de hincha de Ríver, y llevaba grabadas con un tajo rojo las dos virtudes millonarias: la lucidez y la arrogancia. Claro que en lo concerniente al Diego le asomaba también ese lado patán del genio riverplatense. En una oportunidad, apurando mi vino le dije: “Cuando hizo el segundo contra Inglaterra, por primera y única vez desde el accidente vos te paraste con absoluta normalidad para aplaudir y gritar como un loco, e incluso por varias horas tuviste la impresión de que ese gol te había tallado una cintura nueva, ¿sí o no?”. Con convicción científica, asintió con la cabeza y corroboró: “Sí, por supuesto, así fue”
 
 
*
 

Por lo general iba a verlos yo solo. Una vuelta me di el gusto de llegar acompañado por mi novia y mi hermano. Después de la cena se imponía una exhibición de sus talentos de oratoria y lo animé a relatar alguna anécdota del género ajedrecístico, que era mi favorito. Estaba por ejemplo aquella de cuando en el Güemes hizo su residencia médica el campeón argentino, quien completó la pasantía examinando preparados mientras deleitaba jugando simultáneas de espalda a los empedernidos tableros del sanatorio. Otra anécdota había tenido lugar en la casa ubicada al final de la cancha de fútbol:
 
“Ese fin de semana esperábamos la visita de una chica de Córdoba que venía a jugar un campeonato de ajedrez en el club de Olivos del cual éramos socios. El sábado, bien temprano, agarré el auto y la fui a recoger a la terminal. Aunque no lo esperábamos, la jugadora bajó del micro en compañía de su hermano mayor, un muchacho educado y silencioso que tendría unos quince años. Como en casa las nenas ya habían arreglado su cuarto para compartirlo con la cordobesa, al hermano lo acomodamos sin ningún problema en la habitación de huéspedes. Desayunamos con medialunas y nos fuimos todos al club para el inicio del torneo. Resulta que aquel sábado por la noche yo tenía programado un match muy importante junto con mi amigo el Gordo Studenesky y otro par de compinches. Nos enfrentaríamos con un equipo de cuatro abogados que gozaban de excelente reputación entre los círculos ajedrecistas que él frecuentaba. Pero cuando volvemos del club, al caer la tarde, recibo una llamada del Gordo diciéndome que se nos ha engripado el segundo tablero. Studenesky era el primero, yo el tercero. Por lo tanto yo pasaba a jugar contra un contrincante en hipótesis más fuerte. La urgencia era encontrar reemplazante para el tablero vacío, algo que en el crepúsculo del sábado se tornaba complicado. ¿Quién podía ser? En vano revisé mi agenda e intenté hacer un par de llamadas. Estaba saliendo de la ducha cuando volvió a sonar el teléfono: el Gordo avisaba que un sobrino suyo se ponía la camiseta suplente. Tras unas formidables pizzas de Raquel que los cordobeses devoraron con ostentoso beneplácito, partí para el certamen”. Aquí el relato se trasladaba directamente al campo de juego:
 
“Me tocaron las blancas, y a peón 4 rey, mi temible oponente, el Dr. Benko, respondió peón 3 caballo de la reina, produciéndose la Defensa Ufimtsev. Durante mucho tiempo se la llamó Irregular, y se estimaba que las blancas conseguían bastante ventaja. Pero el gran maestro yugoslavo Pirc y el gran maestro soviético Ufimtsev la investigaron en profundidad y demostraron que las negras podían usarla perfectamente”.

La reproducción y el comentario de la batalla contagiaron de entusiasmo a su audiencia. A Raquel y a mí tanto como de costumbre. Fideleff condujo con prudencia el avance de sus peones; no aceptó tomar el peón 4 rey en la jugada 13; en la 15 se opuso al avance del peón negro en 4 alfil del rey; cuatro movimientos después plantaba la torre en 6 alfil y dejaba sin salvación la retirada del caballo negro. Las negras abandonaron en la movida 21. “¿Dirías que fue tu mejor partida?”, le pregunté. “Yo creo que sí lo fue”, respondió sin quitar la mirada del momento cuadriculado de felicidad que la rendición rival había dibujado para siempre
 
“Studenesky cayó derrotado y también su sobrino. En el otro partido hicieron tablas. O sea que con mi punto del honor terminamos perdiendo 2½ a 1½. De vuelta en casa me chupé un whisky y me acosté entre muy contento por mi perfomance y algo amargado por la derrota del equipo. El domingo transcurrió en el club, al calor del evento y las parrilladas. Por la noche los chicos se durmieron temprano. El lunes a la mañana, antes de llevar a los hermanitos a la terminal, hicimos todos juntos un desayuno de despedida. La cordobesa había congeniado muy bien con mis hijas, pero el silencioso muchacho seguía sin pronunciar palabra. En el diario Clarín, la sección Deportes publicaba una partida por el campeonato provincial de Córdoba
 
–¿Conocés a estos jugadores? –pregunté al joven mencionando el nombre de los contrincantes.
–El ganador es mi hermano –respondió en su acento con badenes. Algo aturdido por la respuesta me saqué lentamente los anteojos...
–¿Cómo…? ¿Y vos también jugás?
Para mi estupefacción, el hermano mudo cantó en mediterráneo:
–Sí, yo soy el campeón juvenil de Córdoba.
La había tenido ahí. El sábado a la noche había tenido la victoria comiendo muzzarellas y mirando tele hasta altas horas de la noche, alojada en mi propia casa”


 
*
 
Uno de los últimos almuerzos que compartimos juntos fue un domingo de Boca Ríver, en Zuloaga: “Jean Baptiste, vení, no tengas miedo. Van a ganar”, vaticinó en el convite. Boca ya lucía el equipazo que se encaminaba a conquistarlo todo, con Guillermo, Martín y los colombianos. “Viejo...”, balbuceó cuando Gallardo erró un penal para Ríver. Después del cero a cero le gané una partida dificilísima a uno de sus alumnos y me despedí antes de las pizzas de Raquel
 
Los finales de su vida fueron de lo más interesantes. De improvisto, un contrato con una petroquímica apareció para reintegrarlo a su añorada jungla de pipetas, reactivos y matraces. Por si fuera poco, para conducirse entre casa y el Dock Sud la compañía le proporcionó un desvencijado Peugeot 505 que Fideleff montaba tras una serie de pacientes fintas de cadera. El carro, que a pesar de una vida de maltratos conservaba cierta elegancia, restituyó a su vez el estudio a su empleo original como estacionamiento. Vaya a saber qué se hizo la larga mesa de madera donde alguna vez le pedí que me dijera cuál de todas las ciencias le parecía la principal, y contestó “supongo que la matemática, porque es aplicable a todo”
 
El regreso al oficio y al volante lo redimieron y rejuvenecieron de tal forma que de pronto, de un día para el otro, se despidió de la provincia de Buenos Aires y se marchó una temporada a Epuyén, en el sur hippie, muy cerca del Instituto Balseiro. Sé que allá disfrutó como nadie de la vida comunitaria de los artesanos, de su pan casero, y del aire y los lagos puros y celestes como los ojos que Fideleff le heredó a su primer nieto, hijo de Rebeca, con quien se dedicó a contemplar ocasos patagónicos a lo Padrino en su huerta.

A su gran amigo el Gordo Studenesky la aguja le cayó antes que a él. Nunca llegué a conocerlo personalmente
 
Lo de Eduardo comenzó con un infarto cerebral, ya de vuelta en Lanús Oeste. Aunque resistió la descarga y no le aflojó a los cigarros baratos, se hizo evidente que el grosor de su lenguaje había mermado. Cuando hablábamos por teléfono, la charla vivaz de antes se limitaba ahora al estacato: “Qué tal”, “Qué hacés”, “Bueno”
 
La última intervención notable que le registro aconteció en la cocina de Zuloaga, ahí donde había festejado una docena de campeonatos de Ríver Plate, el mundial 86, e innumerables noches de sábado estiradas meta tinto hasta las peleas de fondo del boxeo. Ahora era Raquel la voz cantante. Le gustaba hablar de su marido, de “Fideleff”, como también solía llamarlo, y en la corriente de su amor podía escucharse el lamento maternal de una sociedad que libra sus mejores hijos a la fortuna comercial, a una competencia propietaria obsoleta, estúpida y perversa. En el diagnóstico contable de la salud de Eduardo, Raquel hizo mención a un detalle de importancia: una si bien no impetuosa todavía decente actividad de alcoba. Instantáneamente lo miré a Eduardo, que seguía con atención las palabras de su mujer. Con un rápido movimiento de cabeza me miró fijo y agregó: “Qué va hacer viejo…”
 
Cuando murió yo recién había vuelto de Noruega. Desde Lanús lo llevamos a un crematorio por Lomas de Zamora. Mientras esperábamos las cenizas, de súbito comprendí mi derecho de asomarme al infierno y pedí pasar. Poco acostumbrados a la presencia espía de seres vivientes, los diablos se mostraron algo incómodos, pero me abrieron la puerta. El temido lugar resultó ser muy parecido a un taller o una carpintería. Sí señor: el infierno es un galpón con un inmenso horno metálico en el centro. El féretro destapado estaba listo para entrar. Los ojos cerrados, la barba y la melena blanca, mi querido amigo se aprestaba a ofrendar su cuerpo ante el poderoso mate de la reina negra. Entonces no me emocioné, como ahora que lo recuerdo. Simplemente hice algo que quería hacer, antes de recibir la cajita caliente con su polvo de ángel e irnos todos a comer a un diente libre frente al bingo de Lanús. Ver una vez más a Fideleff, que arremetía decidido hacia las llamas.

Juan Bautista Echegaray
San Salvador, El Salvador, 2005